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La película: ¿Qué puedo decir de Los Increíbles que no se sepa ya y que sea nuevo? Pues Los Increíbles 2: una gran película que aprovecha lo grande y mejor que tenía su predecesora, para contar una nueva y alucinante historia y entretener: como un blockbuster, sí, pero, además, siendo profunda, como ya lo era la primera. Los Increíbles 2 es grande -muy grande, incluso diría yo- porque Brad Bird -una vez más, en solitario: también es un grande- consigue sacar más jugo a sus personajes que ya conocemos, sin repetirse y haciéndonoslo pasar muy bien. Aquí, como si fuera una película coral: todos los miembros de esta increíble familia tienen sus minutos de gloria. Por supuesto, Jack-Jack, no defrauda y, cómo no, Edna Moda: ¿cómo hacer tan atractivo a un personaje que sale tan poco en pantalla? Dándole una gran personalidad. Edna Moda, la tiene, como si fuera de la misma familia.

Recomendada: (100%, por supuesto), para todos los fans de esta increíble familia. Para aquellos que quieran ver cuánto de heroicidad es ser padre y madre, y quieran sonreír y reír: disfrutar de una historia muy bien contada.

Que se abstengan: los que digan que “¡buf!, otra de súper héroes y, encima, de dibujos animados…”. Que se abstengan ignorantes…, a no ser que quieran cambiar de opinión, claro… Que, como dice Bird en el vídeo que pego más abajo, no es una película sobre súper héroes, sino sobre la familia. Que sí: las mal llamadas “películas de animación” pueden ser muy películas (y mucho películas… ehem…).

Nota: 9/10 (sí: le daría un 10, pero es que, si no, se mal acostumbran, los chicos de Pixar: así, siempre van a ser Pixar, que es lo que queremos los amantes del cine… 🙂 )

Aquí os dejo la reseña, completamente

Y el vídeo de que os hablaba, vía Espinof:

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Coco: fantásticamente real

Coco

Lo digo antes de empezar: Coco es una gran película; es un derroche de imaginación, al servicio de una gran historia.

Así es. Pixar ha vuelto a dar en el clavo, con un cuento —una fábula, diría yo— muy original, emotiva y profunda que demuestra que los de la compañía del flexo juegan en otra liga. No porque las diecinueve películas que han realizado sean perfectas —tres o cuatro de ellas no tienen el nivel que cabría esperar—, sino porque a lo largo de sus ya más de treinta años han sido capaces de romperse los sesos para contarnos historias muy “reales” dentro de sus fantásticos mundos fantásticos…; y perdón por la redundancia (que en realidad, pensadlo bien, no lo es…).

Coco es una película llena de música y de color. Pero no es, como he leído a alguno, una imitación de los clásicos de Disney, donde los personajes dialogaban cantando. Aquí, los protagonistas cantan, como quien lee un libro en voz alta, o declama una poesía, o representa una obra de teatro…; es parte del guion, también, pero no del diálogo. Técnicamente, los dos casos serían música diegética, pero hay diferencia. Quizás sea solo cuestión de matices.

Y cuento esto porque Coco es una película distinta a lo que ha hecho hasta ahora Pixar, en la que la música —diegética— juega un papel muy importante.

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Decir que la saga de Cars es la peor de Pixar no me parece lo correcto. El adjetivo “peor” implica “malo” y, a mi entender, ninguna de las tres es mala. Eso sí: no son grandes películas; menos, aún, si las comparamos con la mayoría de la compañía del flexo y, concretamente, con la superlativa saga de Toy Story.

En el caso que nos atañe, Cars 3 da una nueva vuelta de tuerca a la historia: consigue superar el bache de la segunda –aunque, ya lo he dicho varias veces, me pareció más entretenida que Cars… si la ves como una nueva “james bond”–, volviendo a sus orígenes y replanteando esa lucha interior del protagonista Rayo McQueen, el 95. Porque, así como el mayor temor de los juguetes de Toy Story es el ser abandonados por su niño, el de los coches de carreras, el ser superado por nuevas generaciones.

Un temor lógico, a decir verdad; pero también “natural” y que, por tanto, se puede aceptar… o no. Esto es lo que, lisa y llanamente, plantea la nueva entrega de esta saga. Lo viejo y lo nuevo; la aceptación de uno mismo y de las incapacidades que conlleva el paso de los años –los “achaques” propios de la edad–, y el dejar paso a las nuevas generaciones. De hecho, algo de ello planteaba el binomio Doc Hudson – McQueen en Cars pero aquí, al tomar protagonismo, cobra mayor profundidad.

En este sentido, nos encontramos ante una película típicamente pixariana, donde importa mucho que los personajes sean profundos; pero, como en Cars, la historia se pierde un poco en los diálogos más o menos moralizantes y, también como en Cars, se hace un poco lenta.

A la vez, creo que comete un error más de Cars: la poca fuerza del personaje antagonista Jack Storm. Que sí: es verdad estamos ante un conflicto interno y que, por tanto, en gran parte, el antagonista es el mismo McQueen, pero también lo es Ratatouille y ahí están muy bien trabajados cada uno de los personajes.

¡Ep! Pero no pretendo desanimar a quien quiera verla: todo lo contrario. Sin duda, me parece la mejor de las tres: tiene momentos realmente divertidos y es una gozada ver los milagros que hace la tecnología para animar coches y carreras como las que vemos en la película.

A la vez, profundiza en la necesidad de la amistad y del trabajo en equipo y habla del saber dejar paso a las nuevas generaciones –casi como representación del relevo de John Lasseter a Brian Fee–, sin olvidar que debemos mucho respeto a los que nos han precedido. Ahí está, también, el homenaje que han hecho al desaparecido Paul Newman, recuperando algunas frases suyas, fruto de las clases de automovilismo que daba el legendario actor a Lasseter, durante la grabación de Cars. En este intercambio generacional tiene un papel muy interesante el personaje de Cruz Ramírez.

Cars 3 es, pues, una nueva buena película de Pixar; más infantil, como las otras dos, pero disfrutable.

Eso sí: espero hablarlo en un próximo post: Lou, el cortometraje que la acompaña es sencillamente magistral. Pixar 100%. Creo que ha pasado a ser uno de mis cortometrajes de Pixar preferidos, junto con Piper (2016) y La Luna (2011).

Piper: emoción con plumas

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¿Es posible emocionar al espectador con una bola con patas, plumas y unos ojones bien grandes? Así, de buenas a primeras, no parecería; pero Pixar sí lo hace. Lo hizo con el divertidísimo corto For the birds (2000) y lo hace hoy gracias a Piper.

Con El viaje de Arlo (2015), Pixar trabajó el fotorrealismo a unos niveles realmente espectaculares. Los de la compañía del flexo tienen muy claro que los retos tecnológicos de la animación aún no se han terminado. Pero, además, son plenamente conscientes de que uno puede ser muy bueno técnicamente, pero si no tienes una gran historia, no sirve…, y algo de eso les ocurre en la película de Arlo.

Aquí, el debutante Alan Barillaro —lleva unos años trabajando como animador en Pixar— nos cuenta con maestría una historia que todos hemos vivido, antes o después: aquel momento en que, por primera vez, tenemos que salir a la calle y movernos por el mundo sin nadie que nos diga qué hacer. Tendremos amigos, sí —¡qué arte para hacer que te caiga tan simpático una especie de cangrejo de ojos saltones!—; pero para vivir, hay que arriesgar. Y los amigos nos enseñan que sí vale la pena. Piper lo aprende en un día; pero un día que, para él, es como la eternidad que no quieres que termine. Y es que descubrir algo vital para ti, te da una alegría tan grande, que no puedes ni dejar de disfrutarlo ni, por supuesto, como le ocurre a nuestro protagonista, compartirlo con los demás.

En Pixar hay dos tipos de cortometrajes: los simpáticos y divertidos —a veces mucho—, sin más, y los que también son muy profundos. Barillaro coloca este cortometraje al nivel del inmejorable La luna (2011), que nos mostraba, a través de la historia de tres generaciones, la importancia de la inocencia para aprender y aprender a aprender.

Una gran corta película 100% Pixar que, como todas las grandes de la compañía del flexo, recomiendo ver más de una vez.

(hasta que desaparezca, aquí lo tenéis:)

borrowed-time

Érase una vez…

Así podría empezar esta nueva entrada: unos animadores que trabajan en Pixar (el corto, NO es de Pixar), Andrew Coats y Lou Hamou-Lhadj, deciden aprovechar el tiempo que les presta la libertad entre tarea y tarea…: ¡que no debe de ser poca!, a juzgar por su currículum: Coats ha trabajado en Cars 2, Brave y Del Revés. Y su colega, en Wall-EToy Story 3El viaje de Arlo y, también en Brave.

Pero esta vez, deciden aprovechar sus ‘ratos libres’ (prestados) para hacer algo totalmente espectacular, pero no para niños. Profundo: técnicamente y humanamente. Muy duro. Sí: mucho. La historia de un padre y su hijo. Y de un tiempo prestado (que eso significa ‘borrowed time’): el que se te da para que hagas algo mucho más grande de lo que pretendías. El que obtienes cuando te dicen: “tú no tienes la culpa” o, más aún: “te perdono”…

Que de eso habla Borrowed time.

De hecho, cuando acabé de verlo, sin buscarlo, me vino en la mente ese tiempo prestado de Carl Fredricksen y el mensaje de su eterna Ellie: “Gracias por la aventura. Ahora empiezas una nueva”.

(aquí lo puedes ver entero)

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First day of Fall 2016

En Animation blog he hablado mucho de las historias y de los personajes. Cuando un cineasta da mucha importancia a los dos aspectos, puede llegar a realizar una gran película. Este es, de hecho, una de las claves del éxito de Pixar.

Google, con este nuevo doodle, consigue recordarte que hemos empezado otoño (en el hemisferio norte), contándote una simpática historia: ¿cómo hablar de algo muy normal de forma totalmente nueva y que, encima, puedas acabar sonriendo? Me ha parecido digno mencionarlo aquí; además, también es animación 🙂 .

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Pixar: You did It!

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Hay dos maneras de hacer secuelas de películas. Bueno, seguro que existen otras, pero generalizando un poco, creo que con dos, basta. El prototipo de la primera sería Solo en Casa 2 o, incluso, la última entrega de Star Wars: tienes una historia que ha sido un “bombazo” de taquilla y, por lo tanto, hay que aprovechar el “tirón” para realizar una especie de remake cambiando ambientes y personajes, añadiendo efectos especiales más espectaculares –si lo pide la evolución cinematográfica– y lo pintamos de una nueva historia. Incluso, si no le pones el número al final, mejor…

El otro modelo es el que –con mayor o menor acierto, todo hay que decirlo– ha practicado ya unas cuantas veces Pixar: tengo una película de gran éxito de crítica y público, pero voy a dejarla reposar y esperaré a tener OTRA gran historia. No es un remake, sino que quiero aprovechar los personajes ya conocidos para contar su historia. Y, si me convence, la cuento. Si no, ahí se queda… Y ahí han estado, esperando en el baúl de los recuerdos, dos grandes éxitos como Los Increíbles –que tendrá su secuela en 2019– y la que nos atañe: la historia de Nemo, Marlin y Dory que vio luz en el ya lejano 2003 renace hoy con la increíble –nunca mejor dicho– Buscando a Dory.

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